PARTE 1
Carmen Ruiz caminaba rápidamente por los pasillos de un hospital privado de alto nivel en San Pedro Garza García, Monterrey. Madre soltera y enfermera dedicada, trabajaba agotadores turnos dobles para mantener a su hija de ocho años, Lupita. Después de la escuela, Lupita solía esperar en la sala de descanso del personal, pero últimamente había adquirido una costumbre: visitar la habitación 312.

Dentro de esa habitación yacía Alejandro Garza, un poderoso magnate de la construcción que llevaba dos años en coma profundo tras un grave accidente automovilístico. Los médicos hacía tiempo lo consideraban un caso sin esperanza. Para su esposa, Lorena, no era más que una carga económica. Pero para Lupita, era “el tío Alex”, su amigo silencioso.
El repentino sonido de los monitores sobresaltó a Lorena y a Mauricio.
